Ilustración de Clara Dies Valls, perteneciente al libro «Bestiario de Tierra y Tinta» de Andrés Zelada.
España es un país extraordinariamente rico en costumbres, leyendas y tradiciones. Por eso, a veces resulta difícil conocer todas las historias y creencias populares que forman parte de nuestro patrimonio cultural. Con frecuencia, no somos conscientes de la enorme riqueza que poseemos, mientras que sí estamos familiarizados con leyendas y mitos procedentes de otros muchos países.
Con este artículo no pretendo más que dar a conocer algunos de esos personajes legendarios. Desde los grandes lagartos y dragones hasta los simpáticos duendes de los bosques; desde los ogros de la cornisa cantábrica hasta la entidad maligna que habita en el cráter del Teide, la mitología española está repleta de seres que responden a diferentes miedos, deseos y necesidades del alma humana.
Mitología andaluza

El Martinico

Se trata de un pequeño duende de aspecto sombrío. En la mayoría de los escritos o grabados antiguos se les representa como seres diminutos y oscuros, en muchas ocasiones ataviados con vestimenta de fraile y con una capucha que oculta un rostro monstruoso. Sin embargo, también existen tradiciones locales en las que se le atribuye un rostro amable e infantil, semejante al de un niño travieso.
Este pequeño duende suele representarse invadiendo los hogares y cambiando las cosas de lugar para gastar bromas a sus moradores. Se trata de un ser extraordinario, sumamente esquivo y difícil de avistar. Algunas leyendas cuentan que fue desterrado a los bosques por un tenebroso demonio; cuando cumplió su condena, huyó hacia las poblaciones para estar cerca de la gente y aplacar así su soledad. Siente especial predilección por los niños, pues con ellos puede entregarse a sus juegos. A pesar del aspecto aterrador con el que a veces se le describe, es en esencia un ser benévolo: en diversas comarcas se asegura que vaga en busca de pequeños a los que proteger.
En otros relatos, por el contrario, recorre la noche encapuchado para asustar a los transeúntes sin revelar su verdadera fisonomía. Los martinicos son protagonistas habituales en cuentos populares de las provincias de Jaén y Granada, especialmente en la tradición oral de Arjonilla, Porcuna, Quesada, Pozo Alcón o Baza.
La Tragantía

La Tragantía es una criatura mítica y sobrecogedora del folclore andaluz, nacida de una tragedia que el tiempo transformó en leyenda de horror.
Su apariencia física es la de una bellísima joven de tez morena de cintura para arriba; de caderas hacia abajo, en cambio, su cuerpo se prolonga en una escalofriante y sinuosa cola de serpiente.
Uno de los rasgos más atrayentes —y perturbadores— de la Tragantía es su verosimilitud histórica. Salvo por su desenlace metamórfico, los hechos bien pudieron suceder en el imponente Castillo de la Yedra, en Cazorla, o en cualquier otra fortaleza de frontera. Cuenta la leyenda que, durante la ofensiva de las huestes castellanas, el señor moro se atrincheró en el castillo para resistir. Al conocer la sangrienta masacre perpetrada en la vecina Quesada, resolvió evacuar la plaza con sus guerreros.
Pensando en reconquistar Cazorla a no tardar, dejó a buen recaudo a su tesoro más preciado: su hermosa hija. La ocultó en una cámara secreta excavada en las entrañas de la roca que solo él conocía, provista de víveres y lucernas de aceite suficientes para aguardar su retorno. Mas durante la retirada, el noble y su escolta sucumbieron ante las tropas cristianas, que pasaron a ocupar el castillo sin sospechar el secreto que albergaban sus cimientos.
La joven esperó con infinita paciencia en la penumbra. Los días se tornaron semanas y las provisiones se agotaron sin que nadie acudiera en su auxilio. En medio de la soledad, el frío y la desesperación, la locura se apoderó de ella. Poco a poco dejó de sentir las piernas, que se fundieron en una cola reptiliana, y su legendaria hermosura mudó en facciones escamosas.
Desde entonces, cada noche de San Juan (la víspera del 24 de junio), la criatura despierta en las profundidades y entona un lamento fatídico destinado a cautivar a los niños:
«Yo soy la Tragantía,
hija del rey moro;
el que me oiga cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan».
(Texto de Javier Sevilla Martínez)
El gigante Gerión

Hijo de Crisaor y de la oceánide Calírroe, Gerión era un ser colosal que poseía tres cuerpos antropomorfos unidos por la cintura. Moraba en la mítica isla de Eritea, envuelta en las brumas del extremo occidental, «más allá del Océano». En su décimo trabajo, el héroe griego Heracles viajó hasta el confín del mundo conocido, se enfrentó al gigante y le dio muerte con sus flechas para arrebatarle sus codiciados rebaños de bueyes rojos, episodio que inmortalizó el poeta Estesícoro en su Gerioneida.
El testimonio escrito más antiguo conservado se remonta a Estesícoro (hacia el 590 a. C.), quien situó la gruta pétrea de Gerión frente a la isla de Eritea, junto al río Tartessos (asociado comúnmente al Guadalquivir), cuyas aguas describió como «de argénteas raíces». Siglos después, Rufo Festo Avieno (siglo IV d. C.) corroboró en su Ora maritima la localización del gigante en las costas de ese mismo golfo tartésico.
Heródoto (siglo V a. C.) ubicó a Gerión en una isla contigua a Gadeira (Cádiz), más allá de las míticas Columnas de Hércules. Autores de la talla de Virgilio (en la Eneida) y Estrabón recogieron la leyenda gaditana; Estrabón citó a Ferécides de Siros, quien sostenía que Gades y Eritea eran un mismo enclave. Como variante peninsular, el geógrafo Pomponio Mela trasladó la isla legendaria hacia el norte, situándola en aguas de Lusitania.
Por su parte, Pompeyo Trogo planteó una interpretación racionalista: Gerión no era un monstruo tricéfalo o de tres torsos, sino tres hermanos cuya concordia era tan perfecta que parecían gobernados por una sola alma. Servio interpretó la triple figura como la personificación del dominio sobre las tres islas Baleares (Mallorca, Menorca e Ibiza).
El Gerión de Dante
En el Canto XVII de la Divina comedia, Dante Alighieri resignificó a Gerión como la encarnación misma del fraude: una bestia con rostro humano de expresión honesta y bondadosa, torso de reptil alado, garras peludas y una ponzoñosa cola de escorpión sumergida en la oscuridad del abismo. Guiando a Virgilio y Dante, el monstruo desciende en círculos concéntricos desde el séptimo círculo del Infierno hasta el octavo, escena magistralmente plasmada por Gustave Doré en sus célebres grabados decimonónicos.
Mitología asturiana, leonesa y cántabra
El Trasgu

Del latín transgredī («el que quebranta la norma o transgrede»), este travieso duendecillo recibe múltiples nombres según el territorio: trasgo, trasno o tardo en Galicia; trasgu, Cornín, Xuan dos Caminos, Pisadiel el de la Mano Furada, Gorretín Coloráu, El de la Gorra Encarnada o sumiciu en Asturias, León, Cantabria y el oriente gallego; y trasgo o martinico en Castilla y León.
Se le representa como un ser menudo de aspecto humanoide, a veces invisible, que comparte techo con los humanos. De tez morena, viste blusa y un característico gorro puntiagudo encarnado; suele ser cojo de la pierna derecha, luce rabo y, lo más singular de todo, tiene la palma de la mano izquierda agujereada. Su temperamento es bullicioso, burlón e incansable.
En la artesanía de Asturias, muy en particular en el concejo de Taramundi, perviven las figuras de los Magikitos, duendes hogareños inspirados en este folclore y considerados protectores de la alegría cotidiana.
El Trasgu es el responsable indiscutible de los crujidos nocturnos: cambia objetos de sitio, revuelve arcones, trasiega agua, espanta al ganado y enreda los cabellos de quienes duermen. Aunque puede ahuyentársele fugazmente invocando el nombre de Dios o de los santos, deshacerse de él es casi imposible; con frecuencia acompaña a la familia si decide mudar de casa, asomando la cabeza entre los bártulos para exclamar: «¡Yo también ando de casa mudada!».
La tradición indica que la única manera de librarse de sus impertinencias es encomendarle tareas imposibles que hieran su orgullo: traer agua en un cesto de mimbre, blanquear la lana de un carnero negro o recoger del suelo un puñado de mijo o grano fino. Al escurrírsele los granos por el orificio de la mano y no poder cumplir el mandato, se marcha para siempre humillado y avergonzado.
La Xana

La xana (o jana) es una de las figuras más fascinantes y poéticas de las creencias populares leonesas y asturianas. Bajo este término se engloba a un linaje de hadas de las aguas que habitan en manantiales cristalinos, cascadas, cuevas y arroyos profundos.
Su presencia ha dejado una huella imborrable en la toponimia del norte peninsular, siendo testimonio indiscutible el sobrecogedor Desfiladero de las Xanas en Asturias.
En su monumental obra Las brujas y su mundo, el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja vinculó el mito de la xana con el culto arcaico a la diosa Diana (Artemisa), extendido por Europa como numen de la naturaleza agreste, las aguas vírgenes y los bosques. De hecho, durante el medievo peninsular, jana era una de las denominaciones aplicadas a las hechiceras y encantadoras vinculadas al mundo natural.
El Cuélebre

El cuélebre es el legendario dragón serpenteante del imaginario asturiano, leonés y cántabro (donde se le nombra culebre, culuebro o sierpe). Posee cuerpo de enorme serpiente recubierto de gruesas y duras escamas, ojos relucientes como ascuas encendidas y alas membranosas de murciélago.
Su cometido primordial consiste en custodiar fabulosos tesoros ocultos en el interior de la tierra (ayalgues en asturiano). Los buscadores de riquezas recurrían antaño a cuadernos mágicos y guías ancestrales llamadas lliendas o lendas para intentar localizar sus escondrijos (la gueta l’ayalga).
El cuélebre emite un silbido estremecedor y suele devorar ganado e incautos que osan aproximarse a su guarida. Para mantenerlo saciado, los campesinos le ofrendaban alimentos (generalmente panes o piezas de ganado). Su único punto vulnerable es la garganta, la única zona desprovista de su coraza escamosa. Según la leyenda, cuando estos dragones envejecen, ganan el fondo del mar para velar sus riquezas y descansar eternamente.
Mitología catalana
La Pesanta

En el folclore tradicional catalán, la Pesanta es una entidad nocturna que adopta la forma de una perra negra de dimensiones desmesuradas (o más raramente de un gato de pelaje espeso). Se desliza sigilosamente por las cerraduras y rendijas de las casas para tenderse sobre el pecho de los durmientes, provocándoles asfixia, parálisis del sueño y las más angustiosas pesadillas.
El arraigo de esta creencia popular se intensificó notablemente entre los siglos XIV y XV a raíz de los devastadores terremotos que sacudieron Cataluña. Aquellos cataclismos abrieron grietas geológicas en las rocas y en los valles que el campesinado medieval bautizó como las «brechas del infierno», convencido de que por ellas emergían los espíritus malignos del abismo, entre ellos la implacable Pesanta.
Mitología vasca
El Tártalo (Tartalo, Anxo o Torto)

En los montes vascos, este cíclope o genio pastoril de un único ojo en mitad de la frente es célebre por su apetito antropófago y su fuerza descomunal. Su leyenda infundía un terror reverencial en los valles pirenaicos, donde se le acusaba de secuestrar a jóvenes y pastores para devorarlos.
La figura enlaza de lleno con las tradiciones grecolatinas del Tártaro y el mito de Polifemo recogido en la Odisea. Seguramente asimilado y remodelado a través de los siglos de contacto con Roma, el término transitó de ser un abismo infernal a nombrar un gigante feroz. En Cantabria y Castilla cuenta con su contraparte directa en el Ojáncano.
Una de las leyendas más difundidas relata cómo dos hermanos cazadores se refugiaron de una tempestad en una cabaña gigantesca. Al anochecer regresó el pastor Tartalo con su rebaño, atrancó la entrada con una peña ciclópea y asó al hermano mayor en la lumbre. Mientras el monstruo dormía la digestión, el menor, Antimuño, calentó el asador al rojo vivo y se lo clavó en el ojo. Ciego de dolor, el cíclope abrió la cueva para dejar salir a sus ovejas palpándolas una a una; Antimuño se cubrió con una piel de carnero y escapó a cuatro patas entre el rebaño, logrando que el gigante, en su furiosa persecución, se arrojara a un pozo profundo donde pereció ahogado al no saber nadar.
Mitología cántabra
El Ojáncano

El gigante por excelencia de la mitología cántabra encarna la fuerza destructiva de la naturaleza y la malevolencia absoluta. De complexión descomunal, voz de trueno y un único ojo en el entrecejo, su cuerpo se halla cubierto por un vello áspero y rojizo. Su larga melena y su barba esconden su único punto débil: un solitario pelo blanco. Si alguien logra arrancárselo tras cegar su ojo, el ogro muere en el acto.
Suele presentar diez dedos en cada extremidad y una doble hilera de dientes afilados. Teme de manera pavorosa a las lechuzas y a los sapos voladores; la rozadura de uno de estos batracios le resulta mortal, a no ser que logre aplicarse una hoja tierna de avellano empapada en sangre de zorro.
Habita en grutas sombrías de La Montaña cuyas entradas cubre de rocas y maleza. Los cántabros le atribuían toda clase de calamidades: desgajar árboles, taponar manantiales, despeñar reses, arrasar puentes y sembrar la discordia entre los vecinos. Sin embargo, la tradición recoge que cada cien años nace un ojáncano bondadoso que avisa a las gentes de los estragos de sus congéneres.
Un viejo dicho popular sintetiza el terror que inspiraba en las aldeas:
«Ojalá te quedes ciegu,
ojáncanu malnacíu,
pa arrancarte el pelu blancu
y te mueras maldecíu».
Mitología gallega
La Santa Compaña

Pocas leyendas peninsulares despiertan un sobrecogimiento tan hondo como la Santa Compaña. Muy vinculada a las encrucijadas, los cementerios y las sendas del Camino de Santiago, representa la procesión nocturna de ánimas en pena que anuncian la muerte inminente o la expiación de una falta.
Como anotó el médico e investigador Xesús Rodríguez López en Supersticiones de Galicia (1895), la Compaña congrega a almas del Purgatorio en marcha silenciosa. Vestidas con túnicas oscuras y capuchas, avanzan en dos hileras portando velas encendidas de luz espectral e invisible para los vivos. Al frente marcha la Estadea, guiada involuntariamente por un mortal vivo al que obligan a portar la cruz y el caldero de agua bendita.
Aquel infeliz condenado a encabezar la marcha no recuerda nada durante el día, pero su salud decae sin remedio: su rostro palidece y su cuerpo se extenúa noche tras noche hasta consumir su aliento vital. La única salvación para el portador de la cruz consiste en cruzarse con otro viandante y pasarle el testigo antes de que se consume su destino.
Mitología valenciana

El folclore valenciano atesora una nutrida nómina de criaturas fantásticas, seres del agua y espantajos que durante generaciones poblaron las noches y las huertas:
- L’Home dels Nassos: Un singular personaje que posee tantas narices como días le restan al año. Pierde una cada amanecer y solo puede ser visto el 31 de diciembre, cuando únicamente le queda una y se confunde entre la multitud.
- Els Nyítols: Diminutas criaturas casi imperceptibles que penetran en el oído humano durante el sueño para alimentarse de los recuerdos y la memoria.
- El Caro: Un pastor que, castigado por los dioses por su desdén, fue transformado en un búho condenado a llamar eternamente a sus ovejas perdidas en la noche.
- El Trib Real: Cortejo de bailarines encantados que flotan en las tinieblas, pagando con su danza sin fin un exceso de soberbia festiva.
La Mujer Lavadora

En los lavaderos comunales y acequias se temía el encuentro con la Dona de l’aigua o mujer lavadora: una anciana enjuta vestida de riguroso luto que frota sus paños al amparo de la luna y amenaza con clavar sus afilados colmillos a quien profane su retiro.
- La Serp: En el medio rural valenciano se temía a las grandes serpientes de las que se decía que penetraban en los aposentos para succionar la leche materna, debilitando a los recién nacidos.
- La Quarantamaula: Monstruo zoomorfo que se manifiesta como caracol gigante, gato o un híbrido alado con garras rapaces, célebre por golpear las ventanas de los niños díscolos.
- Els Butonis: Demonios nocturnos de fiero rugido empleados como figura correctiva para infundir respeto a los más pequeños en la oscuridad.
- El Garrofer: Espíritu diabólico confinado al tronco de un algarrobo centenario tras ser burlado en un pacto por un aldeano astuto.
Mitología en las islas
Guayota

Para los antiguos guanches de Tenerife, Guayota (wa-yewta, «el Golpeador» o «el Destructor») encarnaba el principio del mal y la fuerza ígnea desatada. Moraba en las entrañas del volcán Teide, al que llamaban Echeyde y concebían como la morada del averno.
Los primeros cronistas e historiadores recogieron testimonios esenciales sobre esta deidad. El religioso fray Alonso de Espinosa constató en el siglo XVI:
«Con todo esto conocían haber infierno, y tenían para sí que estaba en el pico de Teide, y así llamaban al infierno Echeyde, y al demonio Guayota…»
Por su parte, Antonio Sedeño refrendó la identificación del volcán con una antesala infernal habitada por el destructor de las cumbres. En el siglo XVII, Tomás Arias Marín de Cubas subrayaba que Guayota residía donde había «volcanes, fuego y azufre».
El historiador Juan Bethencourt Alfonso recopiló en el siglo XIX tradiciones orales que atribuían a Guayota una corte de espíritus menores protectores de los rebaños —como Guañajé, Canajá y Jucancha— y de los vientos desatados. Al igual que la diosa hawaiana Pele en el cráter del Kīlauea, Guayota personifica el respeto telúrico ante las erupciones volcánicas, hipótesis corroborada por las vasijas y ofrendas rituales halladas por la arqueología en los tubos volcánicos del Teide.
Mitología extremeña
La Serrana de la Vera

La Serrana de la Vera es una de las figuras más vigorosas del folclore peninsular: una mujer hermosa, de estatura gigantesca y destreza salvaje, que moraba en las cumbres escarpadas de la comarca de la Vera y conducía a su gruta a los hombres que cruzaban su camino para darles muerte.
Con raíces emparentadas con las serranillas medievales y con divinidades tutelares de la caza y los bosques (como la diosa Diana o la figura hurdana de la Chancalaera), la Serrana aúna la belleza agreste y el terror numinoso. Caro Baroja debatió si se trataba de un mito arcaico historificado o de un personaje real elevado a leyenda popular. Cuentan que arrojaba peñascos inmensos y que sus huellas colosales aún pueden apreciarse en las rocas de Garganta la Olla.
Muchos investigadores relacionan su leyenda con la cultura pastoril y la trashumancia entre la sierra de Tormantos y el Monfragüe: en 1774 el ilustrado Antonio Ponz contabilizó veintiocho cruces en el Puerto de la Serrana, tradicionalmente asociadas a sus víctimas o a los bandoleros que poblaban aquellas veredas.
La Serrana en la literatura
El Siglo de Oro inmortalizó y refinó la leyenda:
- Lope de Vega escribió La Serrana de la Vera, ambientada en tiempos de Carlos I, transformando a la protagonista en Leonarda, noble desdeñada que halla el arrepentimiento final.
- Luis Vélez de Guevara ofreció una versión más cercana al romance popular en su comedia de 1603, donde la protagonista, Gila de Garganta la Olla, despliega una fuerza física portentosa antes de consumar su venganza y hallar un trágico fin.
- José de Valdivielso llevó el mito al terreno del auto sacramental en 1619, adaptándolo «a lo divino» como alegoría del alma humana seducida por el Placer terrenal y rescatada por el Desengaño celestial.
Mitología castellana
El folclore de Castilla y León y Castilla-La Mancha amalgama sustratos celtibéricos, visigodos y mozárabes con una fértil tradición oral de llanuras y serranías:
- El Tragaldabas (o Tío Tragaldabas): Ogro comilón de fisonomía desmedida, célebre en pasacalles y fiestas por asustar jovialmente a los niños con su estómago sin fondo.
Los Malismos (o morgos)

Considerados los duendes más esquivos y peligrosos de la geografía manchega, habitan en las galerías subterráneas de comarcas mineras como Almadén, dominando ancestrales artes de hechicería subterránea.
- Los Martinicos: Duendecillos nocturnos de capucha parda, especialistas en provocar desvelos e impertinencias domésticas.
- Los Enemiguillos: Enjambres de duendes alados que recorren las planicies castellanas levantando torbellinos y gastando burlas a los caminantes.
- El Oricuerno (o alicornio): Versión medieval autóctona del unicornio, dotado de poderes curativos y vinculado a las fuentes sagradas.
El Saetón

Serpiente mítica y alada propia del sur manchego y de Sierra Morena, famosa por ejecutar saltos fulgurantes desde las copas de los árboles y portar un veneno mortal.
- La Fiera Corrupia: Extraña alimaña de cabeza cornuda, fauces leoninas y cuerpo escamoso nacida de la literatura de cordel de los siglos XVIII y XIX.
- Figuras del miedo infantil: Arquetipos ancestrales de advertencia como el Hombre del Saco, el Sacamantecas o el temible Tío Camuñas, forjado en las tierras toledanas y convertido en sinónimo universal de amenaza.
Mitología murciana
El Cerigüelo

Criatura corpulenta con torso y bravura de toro que recorre los montes al caer la noche; el saber campesino de Caprés, Mula, Cehegín y la Cueva Negra de Fortuna le atribuye el poder de atraer las tempestades y propiciar las anheladas lluvias.
- Las Encantadas: Ninfas mediterráneas ligadas a los manantiales, fuentes como las Tosquillas de Caravaca y simas ocultas, que solo se muestran peinando sus largos cabellos en la mágica Noche de San Juan.
- Los Ratones Coloraos: Seres diminutos vestidos de grana que alternan travesuras caseras con actos de ingeniosa protección a las familias hospitalarias.
- El Demonio de Archena: Aparición con silueta de cabrito que, al ser cargado en hombros en las laderas del monte Ope, se revela como un diablo alado de peso aplastante.


