Algo tenía aquel edificio antiguo, de líneas rectas, fachada de otra época, que hacía que no quisieras estar allí. Su puerta parecía avisar de que si traspasabas el umbral, algo malo te podía acontecer.

Ah… aquella puerta daba el aspecto de ser las fauces de ese monstruoso edificio, situado en la falda de la Sierra cordobesa, que recibía por nombre “Hospital de los Morales”: alejado, solitario, inhóspito, que pasaba totalmente desapercibido entre la oscuridad, acurrucado y escondido entre la arboleda. Ciertamente el uso que se le había dado durante el siglo anterior no era el mejor, ni el más adecuado. Habían acontecido demasiadas muertes en aquel lugar, destinado en su momento para los moribundos en el crepúsculo de sus vidas; para que su última visión contemplativa fuera sosegada y tranquila, con aquel paisaje maravilloso, abierto, verde. Por otro lado… lo suficientemente alejado de la ciudad.

Determinadas personas, nada más pisar el suelo de aquel hospital, decían haber sentido un escalofrío a lo largo de toda la espina vertebral hasta terminar con un hormigueo en la nuca. Otros decían que tenían la sensación de ser observados por alguien —o algo— que solo se percibía en algunas ocasiones por el rabillo del ojo.

—Hogar, dulce hogar —pensaba yo.

Actualmente el uso era otro: intervenciones menores y psiquiatría. Aquel era un lugar tranquilo. Cuando mirabas a la Sierra a través de los ventanales, se podían ver los árboles flexibles con sus ramas mecidas por el viento, alegres, erguidos, brillantes, esbeltos, formando un paisaje multicolor en otoño y en primavera, cubierto por un césped lánguido. Antiguos nidos de pájaros ocupaban algunos rincones y recovecos de la fachada.

Aun así, a nadie le agradaba ir allí lo más mínimo, y no solo porque fuera un hospital, sino porque era ese hospital. Aquella era una noche impenetrable, tan negra que solo podías escuchar el ulular del viento; no veías más allá de un palmo de tu nariz. Su zumbido bailaba a ráfagas entre las copas de los árboles, chocando contra el edificio desde diferentes ángulos, dando lugar a un sonido orquestado siniestramente. Su tenebrosa melodía llegaba hasta tus adentros, martilleando suavemente tu mente con su infinito silbar.

Entré. Cuando de repente la vi allí: sola, nerviosa. Tanto era así que las monedas que llevaba en la mano, preparadas para poder llamar lo más rápido posible, se le escapaban de entre los dedos como si poseyeran vida propia. No era capaz de introducirlas en aquella ranura diminuta de la cabina telefónica. La cafetería permanecía cerrada también; no era hora para que estuviera abierta. Aquel zumbido del viento no ayudaba a estar tranquila, con el añadido de que estar en un hospital casi nunca traía nada bueno. Sus nervios se crispaban cada vez más.

Cuando de pronto, aquel falso silencio que envolvía todo se vio truncado por el sonido de pisadas. Cada vez parecían acercarse más y más.

—Uhmmm… aquello se estaba poniendo interesante —pensé.

El sonido era cada vez más cercano, más rápido, ágil, más próximo. Las manos de ella temblaban sin cesar; cada vez tenía más urgencia por realizar aquella llamada. Las sienes le palpitaban al ritmo exhausto del corazón llevado al límite.

Me acerqué un poco más, pero tan solo lo suficiente para observar mejor aquella situación. Tampoco quería que mi curiosidad tuviera consecuencia alguna no deseada. Siempre era la espía invisible. Y así debía seguir siendo.

Una mano se posó sobre su hombro. Se giró y… suspiró aliviada.

—Señora, ¿qué hace usted aquí a esta hora?

—Tenía que llamar por teléfono.

Respondió compungida pero algo aliviada, al comprobar que era el Guardia de Seguridad haciendo su ronda. Este la acompañó nuevamente a la habitación donde se encontraba ingresado el padre de ella, no sin antes advertirla de que a esa hora esa ala del edificio se abría para que los enfermos mentales pudieran deambular. Ella quedó sorprendida ante ese comentario; jamás se lo hubiera imaginado. Le dio las gracias una vez que llegaron a la habitación. Se encontraba triste, asustada y, en aquel instante, se sentía sola, aunque lo tuviera a su vera tumbado en aquella cama. No era una operación importante que le fuera la vida en ello, tan solo una operación de vista, pero aquella señora odiaba tremendamente los hospitales.

—Curioso —pensé.

Saqué mi agenda —con infinitos años de antigüedad— y oteé alrededor. Decidí seguir al Guardia de Seguridad, que había vuelto a tomar el café calentito que dejó de lado cuando oyó los pasos extraños, solo para comprobar que ya se le había enfriado. Miraba a través de aquel ventanal, intentando discernir algo entre la oscuridad.

Me aproximé cuidadosamente para que no se percatase de mi presencia. Miré aquella bebida que debía tomarse caliente, humeante, amarga con toque afrutado o achocolatado; lujo también de los dioses. Quizás por una vez pudiera percibir su aroma… —como siempre, nada de nada—, como en tantas otras ocasiones. A aquel hombre también le afectaba el transcurrir del tiempo; a veces se le hacía eterno.

—Amiga mía, espero que te portes bien conmigo —dijo en voz alta—. Cuando llegue mi hora, claro.

¿Cómo podía ser? ¿Acaso él era capaz de notar mi presencia por el rabillo del ojo?

Comprobé mi agenda: él no estaba en ella aún. Toqué su café, acerqué mis dedos y se lo calenté nuevamente. Y allí permanecí callada, como hacía tantas otras noches con él, a su lado. Habíamos pasado muchos momentos allí juntos, aunque él no podía escucharme ni verme. Nos unía la soledad y, en cierto modo… el velar por la normalidad en aquel extraño y apartado lugar.

—Tranquilo, amigo mío, me portaré bien —le respondí, aunque él nunca me podía oír.

Me quedé allí, a su lado.